EL DUELO POR NUESTRAS MASCOTAS

homenaje a Trobat

Decir Adiós, es lo más difícil a lo que tenemos que acostumbrarnos. En nuestra mente, no está el despedir a alguien que ha sido un compañero, un amigo, un paño de lágrimas. Y no verlo más.

Ha estado en todo momento con nosotros, a sido participe de nuestras aventuras, aportado conocimientos y se han creado sentimientos que no creíamos tener. La fase de duelo existe también para nuestras mascotas.

Es doloroso ver como aquel perro o gato que tú recogiste o el te escogió. Ver que está afrontando la muerte, pidiendo que lo dejes marchar. Pero tu misma no estas preparada para ello, porque el amor que os une es fuerte e inseparable. Viendo como el tic tac del reloj se acelera y solo pides un día más para estar junto a él. Pero el implacable tic tac, no da más tiempo y debes dejarlo marchar. La decisión no es fácil.

Los recuerdos martillean en tu mente una y otra vez. Recuerdas la primera vez que rompió tu zapato preferido o aquella vez que plantaste una flor y a los pocos minutos, él quizás la arranco y te la trajo. Los primeros paseos a tu lado. Los primeros inviernos acurrucados bajo una manta. Las visitas al veterinario y las risas. Si porque ellos nos dan momentos de muchas risas, alegrías y experiencias que solo aquellos que han tenido una mascota lo experimentan. No es que tu seas suyo o el sea tuyo. Sino es el complemento perfecto de tu vida. Lo que te hace falta a ti el te lo hace llegar, a base de arrumacos, maullidos, lametazos.

Por eso es difícil decir adiós, posiblemente sea el egoísmo de las personas a no saber enfrentarnos a la muerte. A no comprender que incluso nosotros mismos tenemos esa caducidad en nosotros. Que algún día partiremos dejando atrás todo lo que nos rodea, y serán otros los que lloren nuestra partida. Como lo estamos haciendo nosotros con nuestro amigo fiel. Vuelves a mirar sus ojos, buscando un resquicio de paz en tu interior. Intentas ser fuerte ante una decisión que no está en tus manos. Porque la muerte está esperando a que te despidas. Te da ese tiempo extra. Vuelves a mirar a los ojos a tu mascota, le dices lo mucho que la quieres y le susurras los paseos que habéis hecho. Intentas ser fuerte, que las lágrimas no inunden tus ojos, y tu voz no tiemble. Lo abrazas y lo besas. El te mira y te hace comprender que es el momento. Incluso acerca su hocico a tu cara.

Se abre la puerta y entra el veterinario, él también necesita su tiempo para despedirse de él. Los bolsillos que antes estaban llenos de chuches, cuando él venía. Están vacíos, en uno lleva la jeringa y en otro posiblemente pañuelos para secar las lágrimas. Se acerca cuidadosamente y lo acaricia. Su última despedida.

Poco a poco se va introduciendo el líquido que dejara dormido a tu mascota, en un sueño profundo, del cual jamás despertará. Sus ojos se van cerrando lentamente para ver su última mirada a su compañero fiel, aquel que le devolvió la vida, aquel que compartió carreras, aquel que le enseño a vivir y también a morir.

Aun, no puedes soltar tus amarras. Un grito sube por tu garganta, pero lo ahogas. Aún no es la hora. El veterinario, sin soltar ninguna palabra en su dolor propio, no puede decaer. Aquí tiene que estar la profesionalidad, la persona lo hará después. Va oyendo como el corazón va latiendo, lentamente hasta apagarse completamente. Nuestro amigo se ha ido.

Solo aquí es cuando se nos parte el corazón, un puñal entra desgarrando nuestra vida en dos. Si porque nosotros también sufrimos por su pérdida, porque ocupan lugares que un humano no ocupará. Y las lágrimas caerán, y no habrá nada que nos consuele. Ni nada que nos perdone. Y solo quedara el hueco que se ha hecho en nuestra vida. Nos será duro hablar de él. Lo más duro será regresar a casa y saber que no estará para recibirte. Tus ojos te traicionan y veras su imagen en su rincón favorito. Incluso tus oídos te engañaran al oír sus ladridos que solo están en tu mente. Instintivamente alargaras la mano para acariciar el aire. Y sin querer saldrá su nombre. Y te repetirás una y otra vez. El ya no está.

Puede que encierres tu corazón, y que el dolor este allí. El tiempo nos aliviará, sin olvidar que una nueva estrella brillará en el firmamento.

Amigo mío, si algún día encuentras a una persona que está llorando por su mascota. Recuerda esta historia. Porque, mientras para ti solo es un animal para otros es algo más. Algo que recordar, algo que respetar. Y aunque no lo entiendas, y no sepas qué decir. Tu silencio ayudaras más. Solo puede que, con el tiempo, puedas entender que el aullido del perro es la despedida de un perro a otro. Abriendo camino hacia su propio cielo.

AHORA OS DEJO CON LA HISTORIA DE TROBAT

Joana y Trobat

Puede ser cualquier perro o gato, pero Trobat es real. Se encontraron Joana y el. Ese día llovía mucho y Joana paso con su coche. Vio algo que le llamó su atención. Sus ojos se fijaron que había “algo” que comía de una bolsa de basura. Ese día Trobat encontró a Joana. Ella no se lo pensó. Abrió la puerta de su coche y allí empezó su aventura. El perro estaba asustado, parecía que no había conocido otra cosa que vagabundear por las calles y comer de las sobras que la gente deposita en bolsas de basura. La llegada a su nuevo hogar, fue bien. Allí estaba la que sería una compañera Rosa. La que le enseñaría que el hogar es lo que uno mismo construye. Que los cimientos son el amor y el respeto.

Fueron doce años en los cuales. No había día que Trobat diera los buenos días a su amiga fiel, la que lo rescato. Incluso cuando ella debido a su enfermedad, estuvo en cama. Trobat y Rosa le hicieron compañía, en su silencio, en sus ronquidos. Le hacían saber que todo iría bien. Su movimiento de cola era enérgico. Pasaron los años, y aunque Trobat seguía igual con sus costumbres, el tiempo pasaba por su cuerpo. Su oído empezó a flaquear y su vista ya no era la misma. Pero como cada día, cuando el sol aparecía por el horizonte el iba a Joana, a darle sus buenos días.

Ella misma se daba cuenta, que la vejez estaba presente en su cuerpo. Pero nadie está preparado para ir despidiéndose de alguien que ha significado tanto, que ha dado tanto en tu vida, que tu misma no sabes como agradecer. Joana y Trobat lucharon, más Joana que el perro. Él sabía que su tiempo en este mundo llegaba a su final. No quería dejar a Joana, pero debía de partir. Y así una mañana cuando el sol tocó el horizonte Trobat, supo que era su momento. Se dejó acunar por los comienzos de un nuevo día, se dejó llevar por los cánticos de los pájaros que daban los buenos días. Cerró sus ojos, sabiendo que Joana estaría triste pero bien. Su corazón se apagó lentamente y dio el último aliento a su rincón favorito. Joana al despertar supo que Trobat ya no estaba con ella. Su dificultad de movilidad no le impido ir al jardín. Y allí en el césped encontró a su Trobat. Él había dejado este mundo en silencio, sin largas despedidas, porque sabía lo que para su rescatadora significaba.

Dolor al llegar a casa y no encontrarte, no oír tus ladridos de alegría porque había regresado. Dolor cuando veo tu comedero vacío y que no voy a llenar más. No volver a sentir tu abrazo matutino. O verlo entrar en la habitación cada media hora, para comprobar que todo seguía bien porque me acosté más temprano de lo habitual.

Los días han pasado, y aunque salga el sol. No es lo mismo sin ti a mi lado.

Aunque la gente dijera que había tenido suerte en venir a esta casa, los afortunados fuimos nosotros por tenerte en nuestras vidas. El reloj de casa ya hace su función, nos anuncia las comidas y las cenas. Cosa que antes lo hacías tu. Yo por mi parte estoy de luto

En la sociedad en la que vivimos no se deja llevar este luto, tienes que seguir con tu vida como si no hubiera pasado nada. Nadie entiende ese dolor, ni las lágrimas que ruedan por las mejillas. Ni la tristeza que inunda tu mirada, el dolor de pronunciar tu nombre. Y tener que oír “es solo un perro”. Pues ¡ NO!, Trobat era y será un hijo peludo, alguien a quien recordaré por lo que fue y por la paz que dio, por todo el amor incondicional que me supo trasladar. Y que nunca voy a olvidar.

Hasta siempre Trobat