EL CIELO Y EL INFIERNO PARA LOS ANIMALES

El cielo y el infierno para los animales. Donde la supremacía de los humanos hace peligrar la existencia de los animales
El cielo y el infierno para los animales

Hoy contamos con la experiencia y las palabras de un invitado como Adrián Massanet. Su relato «El cielo y el Infierno para los animales». Nos lleva a entablar el pensamiento de que muchos humanos nos creemos superiores a los animales. Buscando la paz de una naturaleza que por otra parte no paramos de destruirla en vez de unirnos en perfecta sintonía.

Si somos capaces de sentir empatía por otra persona (en algunos casos más que en otros), seguro que podemos sentir empatía por los animales. Y si realmente somos capaces de ponernos en el sitio de esos peludos, diminutos, gigantescos o escamosos habitantes del planeta Tierra que no razonan como nosotros, aunque solo sea por un segundo, deberíamos experimentar tal torrente de emociones, y de estas emociones deberíamos extraer tal tsunami de ideas, que cualquier intento de escribir sobre ello, siquiera de intentar describirlo, se convierte en infructuoso esfuerzo.


Y no se trata de aplicar a los animales emociones humanas ni de ver el mundo desde una óptica buenista. Nada de eso. Se trata de verles tal cual son. Ese es el asunto. De volver a ser animales nosotros, que es lo que en realidad somos, en lugar de creernos por encima de ellos. Se trata de dejar a un lado la supuesta supremacía humana que nadie sabe por qué nos hemos autoimpuesto, y de ver la realidad con otros ojos. La realidad de los animales. La verdadera.


Cuando echamos un vistazo a la naturaleza, aunque sólo sea a un parque bien cuidado y extenso, en el que pueden vivir animales de las más diversas especies, sentimos cierta paz, casi todos nosotros. Las imágenes y los sonidos del río, de la jungla, del bosque, del mar, de la montaña, nos gustan. Nos son agradables. Si encendemos una tele en alta definición y ponemos uno de esos fastuosos documentales sobre la naturaleza, nos quedamos maravillados. Es fascinante ver a esos animales en esos parajes de África, o de Australia, o de Sudamérica. Nos parece, casi, como un edén perdido, como una Arcadia a la que una parte de nosotros, muy minúscula, quisiera volver, o al menos tener acceso cuando lo desearamos. Es algo epatante, pero es algo sustancialmente falso.


La vida de los animales no es ningún edén. No es un paraíso natural. No para ellos. Su existencia es una lucha continua y terrible. Con los sentidos avezados, con el peligro siempre acechando, con la subsistencia pendiendo de un hilo a cada momento del día y de la noche, los animales viven en el infierno, y solamente en la confianza del grupo, de la manada o de la bandada, en sus refugios, en los momentos de paz después de haber conseguido alimentarse y de haber escapado de las garras de la muerte, pueden experimentar algo de calma. Una calma efímera, desde luego, a la que seguirán nuevos avatares que nunca se terminan. Porque están programados para alimentarse, en muchos casos cazando a otros animales, y para reproducirse. Su existencia es ciega, pero no su sufrimiento.


¿Alguien ha tenido un gato en casa? ¿Ha observado cómo se asusta? Aunque estés jugando con él, su instinto de supervivencia aflora a poco que se le presione. Porque los gatos son animales salvajes, nunca domesticados como los perros, que son mucho más tranquilos y viven una existencia apacible. Observa bien cómo te mira ese felino cuando empieza a creer que ya no es un juego, que es una pelea, o una persecución, de las de verdad. Observa cómo se tensa, cómo se prepara para cualquier cosa. Porque sabe, de manera instintiva, que la muerte puede llegarle en cualquier momento, y que habrá de usar todas las herramientas a su alcance para escapar por los pelos.

Ahora multiplica esa tensión, ese miedo que puede llegar a sentir, por mil millones, por mil billones, y quizá empieces a acercarte a lo que significa la existencia de los animales en la Tierra. Y por muy terrible que sea todo eso, la caza por parte del ser humano es mucho peor.

Eso sí que es un verdadero infierno: ser cazado y exterminado por esos bípedos ruidos y astutos que arramblan con todo. El único cielo que pueden conocer los animales es que les dejemos en paz, por muy terrible que sea su existencia. Si convives con ellos, cuídales, conviértete en su camarada y su amigo, y si no déjales en paz que bastante tienen con lo suyo.


Dicen por ahí que es imposible ser una buena persona si eres cruel con los animales. Es muy cierto. Pero yo pienso algo más: si no eres capaz de ver cómo sufren los animales es que eres directamente un estúpido.

AUTOR: Adrián Massanet

Adrián Massanet ChacónImágenes, sonidos y palabras

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